Mi abuelo era un hombre muy fuerte. En Corea existe un deporte llamado Ssireum que es un juego entre dos personas, en el cual gana quien logra que la espalda del oponente toque el piso. Mi abuelo era campeón de Ssireum, pero su forma de luchar era especial. No importaba con quién competía, nunca lo jaloneaba o lo hacía caer. Más bien, lo agarraba de la cintura, lo alzaba y lo colocaban o lo hacían caer. Más bien, lo agarraba de la cintura, lo alzaba y lo colocaba suavemente en el piso. Las personas siempre le preguntaban por qué lo hacía así, y él siempre les respondía: "Tengo miedo de que se rompan". Y cuando yo era pequeño, recuerdo que él ni siquiera podía agarrar una gallina. Era mi abuela quien siempre tenía que entrar al gallinero para agarrarla y cocinarla.
En el mundo, no hay persona que sea fuerte en todos los aspectos, ni débil en todos los aspectos. Cualquiera que tenga una fortaleza, tiene alguna debilidad y viceversa. En el mundo, el fuerte y el débil crean el balance al compartir la ayuda mutua. Es por eso que los creyentes tienen que soportar las debilidades unos de otros, y ayudarse mutuamente. El fuerte tiene que cubrir las faltas del débil. De esa manera, el fuerte también podrá ser ayudado por el débil.
Jesús fue coronado con espinas, por amor a 'nosotros'. Él sufrió y fue crucificado, por 'nuestros' pecados. Por el castigo que Él recibió, 'nosotros' disfrutamos de paz, y por los latigazos que recibió, fuimos sanados. Por amor, Jesús cargó nuestro sufrimientos y tristezas. Por eso, nosotros también debemos responsabilizarnos de las fragilidades de los más débiles.
El verdadero cristiano.
"Los fuertes soportemos las flaquezas de los débiles y hagamos lo bueno para el prójimo, para edificación, como hizo Cristo. El Dios de paciencia y consolación les dé un mismo sentir en Jesús. Y el Dios de esperanza les llene de gozo y paz en la fe, para que abunden en esperanza por el poder del Espíritu Santo". Recibíos unos a otros. (Ro. 15:1-13)
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